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Elegantemente torpe
Torpemente elegante

10 de enero de 2011

Lo que no ves

-Qué manos más frías-gritó el pequeño Gregory mientras cruzaba la calle cogido de su menudo acompañante.
-Tú las tienes ardiendo-respondió esa voz familiar que el niño adoraba.
-Es porque las llevo en el bosillo, deberías probarlo-se burló.
-Ya sabes que no puedo, este bastón no se sujeta solo y tú seguro que te escaparías en cada semáforo-contestó el anciano, pero su único espectador jugaba ya entre los columpios.

Cuando Gregory entraba en el parque, parecía ajeno a todo. Cada niño y cada niña se convertían en objeto para sus juegos, voluntaria e involuntariamente. Tenía desde pequeño una innata facilidad para que los demás intentaran imitarle y le siguieran, por muy alto que fuera el árbol al que le apeteciera encaramarse. Parecía en una burbuja. Parecía. Porque había algo que no lograba quitarse de la cabeza, aunque verdaderamente no quisiera hacerlo. Y era nada más y nada menos que su acompañante de manos gélidas. Aquel hombrecillo sentado en un banco que seguía fijamente con la mirada cada uno de sus movimientos, y saltaba con la agilidad que los años aún no le habían robado, cada vez que su protegido amagaba con caerse o chocarse.
Ése, que le llevaba al parque sin falta cada día que compartían, o le hacia reír en casa si el tiempo del norte les jugaba una mala pasada. Ése que el pequeño Gregory contaba fuera eterno, pero que un día sus manos dejaron de agarrar. Ése al que aún echa de menos.

Su abuelo.

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