El pequeño Gregory, siempre siempre, madura antes que los demás. Eso si, suele encontrarse con alguien con la cabeza mucho mejor amueblada que le ayude a hacerlo.
Por fin se ha dado cuenta de que, por mucho que adore la compañía de su soldedad, sin todas las personas que le rodean, o que alguna vez lo han hecho, no sería la persona que ahora es. Y es que otra vez, a base de una decepción, ha crecido. Y no literalmente, que ya no tiene edad.
Cada vez analiza las cosas importantes con más templanza, y se toma las guasas con más humor que antes, si cabe. La toma de decisiones ya no le asusta, y claro, sin miedo todo se hace mejor. Acierta, y eso le hace tener experiencia y tomar la siguiente con más firmeza y acierto. Siempre había oido que la suerte no se encuentra, se trabaja.
Dos tipos de suerte ha conocido. La suerte, y La Suerte. La primera, de la que todos habéis oido hablar. La fortuna, encontrar un regalo donde no te lo esperas. Un libro en un banco, un abrazo de alguien que no esperas, una moneda de un euro en un pantalón que no te ponías en años. La otra es la más importante, la que ganas con los años. La Suerte que te creas tu mismo. Tendrás Suerte de encontrar un buen amigo, si lo culitivas con esmero, lo atiendes sin reparos y lo cuidas sin contemplaciones. La Suerte con mayúsculas requiere una inversión, trabajo de por medio. Para hallarla, necesitas crear un buen ambiente, allanar el terreno que se dice.
La primera reporta gran satisfacción por la sorpresa de tu hallazgo, pero qué dulce es la sensación de que te mereces lo que te está pasando. Qué tierna envoltura la del trabajo recompensado...y con creces.
Todo eso ha aprendido el pequeño Gregory, cuando aún no ha cumplido ni tan siquiera cuatro lustros. Todo eso ha aprendido el pequeño Gregory gracias a cada uno de los personajes de esa gran obra de su vida. A ti, que estás leyendo, ¿debería darte las gracias?
Quizás tengas...¿suerte?
Bienvenido
Elegantemente torpe
Torpemente elegante
Torpemente elegante
15 de febrero de 2011
8 de febrero de 2011
Karmadicto
Verdaderamente se sentía bien. Nada hacía que no pudiera estar así, pero inexplicablemente aunque no haya ningún motivo para no estar feliz, casi nadie consigue llegar a su Nirvana.
Él había llegado al suyo propio, aunque sin pedir permiso. Las cosas le salían bien, planeaba y sus planes se iban al traste sí, pero ya no le frustraba en absoluto porque le encantaba planear a sabiendas de su fracaso.
-Viajaremos a Madagascar...o mejor aún, a la Isla de Pascua, sabes que siempre he querido ir a ver esos cabezones de decenas de toneladas-decía con ese chisporroteo en los ojos, el de las ideas que le volvían loco.
-No vamos a ir a ningún lado, y lo sabes-cortaba ella desde su escondrijo.
-No me importa si vamos o no, sólo quiero estar contigo...-y sonriendo añadió- y tú quieres venir conmigo a donde sea.
-¿Qué te hace pensar eso?-preguntó con la rapidez que la caracterizaba-
-Esa sonrisa que intentas esconder, y ese hoyuelo inconfundible que me vuelve loco-dijo completamente enamorado.
Ella hizo el silencio, y luego añadió:
-Ayer soñé contigo.
-Grr-bromeó él, pero ella le interrumpió.
-Déjame contarte lo que soñé. Que tu y yo nos separábamos. Que el tiempo, y no un reloj de arena enorme, tan solo unos pequeños granos que se filtraban por la ranura de un pequeño recipiente de cristal, era suficiente para que te olvidaras de mi. Intentaba atraparte, pero impasible me mirabas con una sonrisa pintada en la cara. No sonreías, sólo fingías una sonrisa...-dudó un instante-no quiero que eso pase. No quiero pasarlo mal. No quiero perderte. No quiero sufrir. No quiero seguir con esto. Ya no. No te quiero.
-Si te conociera, podría llegar a decir que nunca lo has hecho.
Y allí, en ese momento, el Nirvana le estalló en la cara.
Él había llegado al suyo propio, aunque sin pedir permiso. Las cosas le salían bien, planeaba y sus planes se iban al traste sí, pero ya no le frustraba en absoluto porque le encantaba planear a sabiendas de su fracaso.
-Viajaremos a Madagascar...o mejor aún, a la Isla de Pascua, sabes que siempre he querido ir a ver esos cabezones de decenas de toneladas-decía con ese chisporroteo en los ojos, el de las ideas que le volvían loco.
-No vamos a ir a ningún lado, y lo sabes-cortaba ella desde su escondrijo.
-No me importa si vamos o no, sólo quiero estar contigo...-y sonriendo añadió- y tú quieres venir conmigo a donde sea.
-¿Qué te hace pensar eso?-preguntó con la rapidez que la caracterizaba-
-Esa sonrisa que intentas esconder, y ese hoyuelo inconfundible que me vuelve loco-dijo completamente enamorado.
Ella hizo el silencio, y luego añadió:
-Ayer soñé contigo.
-Grr-bromeó él, pero ella le interrumpió.
-Déjame contarte lo que soñé. Que tu y yo nos separábamos. Que el tiempo, y no un reloj de arena enorme, tan solo unos pequeños granos que se filtraban por la ranura de un pequeño recipiente de cristal, era suficiente para que te olvidaras de mi. Intentaba atraparte, pero impasible me mirabas con una sonrisa pintada en la cara. No sonreías, sólo fingías una sonrisa...-dudó un instante-no quiero que eso pase. No quiero pasarlo mal. No quiero perderte. No quiero sufrir. No quiero seguir con esto. Ya no. No te quiero.
-Si te conociera, podría llegar a decir que nunca lo has hecho.
Y allí, en ese momento, el Nirvana le estalló en la cara.
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