Bienvenido

Elegantemente torpe
Torpemente elegante

1 de septiembre de 2012

Ilusión


Había una vez un campesino gordo y feo
que se había enamorado (¿cómo no?)
de una princesa hermosa y rubia...
Un día, la princesa --vaya usted a saber por qué--
dio un beso al feo y gordo campesino...
y, mágicamente, éste se transformó
en un esbelto y apuesto príncipe.
(Por lo menos, así lo veía ella...)
(Por lo menos, así se sentía él...)

Sé lo que estás pensando

¿Crees en el destino? Yo sí, porque pensaba que no volvería a verte y, de repente, un día, allí estaba. Todo volvió: cómo sonaba, cómo se movía, y más que ninguna otra cosa, cómo pensaba. Si alguien te pidiera que pensaras en un número, yo sé en qué número pensarías. ¿No me crees? Te lo demostraré. Piensa en cualquier número del uno al mil: el primero que se te ocurra. Imagínatelo. Ahora verás lo bien que conozco tus secretos. Abre el sobrecito.

18 de noviembre de 2011

Anhelo del futuro

Hace tiempo que recibo una visita rutinaria de forma inesperada. Todos los días a la misma hora. Sin avisar que volverá al día siguiente se va como ha venido, por donde ha venido, para lo que ha venido.


Se presenta de la mano con su pareja, inseparable, cada día con un vestido nuevo, maquillada de ilusión, con polvos de arrogancia y contorno de descaro. Aún así, todas las veces le abro la puerta, casi consciente de que si  no lo hago, un día se cansará y la echará abajo. Se siente como en casa, sabedora de que un día fue suya, y actúa con desmedida parsimonia. Llega, se sienta y sin pensárselo dos veces me abofetea, a turnos con su simbionte con unas palabras que siempre suenan familiares, pero recordadas casi por otro. Una tras otra, siento como van calando hondo, como van entrando como una pequeña familia de hormigas hasta llegar, con ese ritmo de llovizna que siempre me ha puesto nervioso, constante y demoledor, como elefantes en el Serengeti. 


Cuando por fin han llegado a su destino, oigo como un pequeño chirrío, algo casi imperceptible, lejano, arcaico. Se va haciendo más intenso, ligeramente más próximo, empiezo a distinguir los sonidos y noto como si se acercara. Cada vez más. Y más. Cuando me quiero dar cuenta, zumba repentino en mi oído, y me parece atronador, tanto que tengo que cubrirme las orejas con las manos, a sabiendas que el sonido no venía de fuera. Es ensordecedor, por Dios, joder para ya!


Y se detiene. Se levanta y se va, la pareja de siempre, con su actitud de siempre, sin siquiera sonreir, pues no disfrutan haciendo eso. Se reverencian ante mi en la salida, y por fin, se van. Y yo pienso que nunca más volveré a verlos, deseo que por favor no vuelva a verlos. Y al día siguiente pican otra vez, escruto la mirilla temeroso, y ahí están otra vez.


Nostalgia y Melancolía

21 de agosto de 2011

Desde Barna con amor

Bienvenido. Estamos aquí reunidos para oficiar el funeral de mi propio corazón. Lo voy a enterrar bien hondo, ya lo he puesto a cubierto en una jaula, pero aun por minúsculos que sean los agujeros para que pueda respirar, con cada bocanada de aire se le cuelan motas de recuerdos, partículas de tu nombre, ácaros de sentimientos.


Ya estoy cansado de no poder dormir, desoyendo los sollozos ahogados de un penoso pedacito de mi. Siempre lo he considerado imprescindible, pero el hígado no te causa ese dolor psicológico tan intenso. Odio no poder apagarlo. Un simple click y que todas las penas remitan. Poder sufrir a voluntad, pero solo por lo que consideremos merezca la pena. Poder filtrar lo que te afecte y en que medida.


Olvidar a alguien de verdad, sin ese bofetón de inseguridad que genera volver a verlo. Perdonar a cualquiera con la certeza de que ningún maldito resquicio se quedara al acecho en una aorta carmesí, acumulando fuerza para un día, escaparse hacia la boca con uno de los miles de latidos. 


Que placer vivir controlando la infinitud de pequeños descontroles que suponen un corazón desbocado.


Su epitafio: "enterrado por desazones, ya latiendo luego"

9 de junio de 2011

DesAstro

Y ya era verano... Aunque no lo parecía. Las nubes poblaban el cielo, habían robado al Sol su trono y le tenían amordazado en el sótano del universo, sin que nadie pudiera hacer nada para liberarlo. Y claro, cuando el cielo está cubierto, los pensamientos afloran y dan sus frutos, si bien aún no están del todo maduros.
Hablando con la soledad, me ha contado que está harta de compartir habitación conmigo. Dejo todo lleno de recuerdos muy vivos, y dice que así ella no puede trabajar tranquila. Prefiere irse a un lugar más apartado. Viene a visitarme cada mañana, pero no me habla, solo me mira desde su indiferencia e incredulidad. No puede creerse que aún tenga fuerzas para planear, cuando ella sabe que no tengo con quien aterrizar.
Porque claro, a sí misma no se cuenta. Si la soledad fuera una, nadie estaría solo, y eso en sí deja de ser desolador. Así que tiene razón, pero a mi no me importa. El cielo nublado me ayuda a pensar, y a ella la recluyo en el exilio de mi compañía.
La última vez que pensé en abandonarla, se puso tan furiosa, que convenció a su primo el destino para que dictara sentencia. Condenado a la distancia. Medidas cautelares, creo que fueron las palabras. El caso es que echo de menos, echar de menos. Añoro la nostalgia de extrañar a alguien, la melancolía de haber dado un paso hacia el frente, cuando lo di hacia el costado.
Así que haré un pacto con el Sol. Yo me encargo de devolverle su preciado trono en la cúpula celeste, y el a cambio me iluminara el camino hacia donde ahora vive la soledad. Y así, cuando el Sol se vaya a descansar, podré apuñalar el corazón podre y ponzoñoso de la pobre y ausente soledad.

11 de mayo de 2011

Bienvenido a mis recuerdos

Hace ya más de 10 meses que se fue. Y justo ahora que me estoy planteando cuanto tiempo es eso, noto como se me encoje el corazón. Literalmente. No creo que por casualidad, pero mi rutina me ha separado muchísimo de cualquier atisbo de recuerdo, por minúsculo que sea. Ya no tengo por qué pasar por esa calle tan fría. Ya no tengo que esperar el bus apenas unas manzanas al sur. Ya no recibo descargas al ver a una persona menuda con gafas desproporcionadas tras las que se esconden una suerte de ojos que ya no ven más allá de su nariz y su vejez.

No resulta un consuelo. No quiero olvidarla, no puedo olvidarla. Se lo debo. No tengo muy claro que haya un más allá. Que siga velando por mi, como se suele decir. Espero que no lo haga, no me gustaría decepcionarla. Pero contradictoriamente como soy yo, me encantaría que me viera dentro de doce dias. Su nieto por fin ha cumplido veinte años, sigue siendo un niño, claro. Pero veinte ya parecen años suficientes para poder hablar de política, sexo, drogas y rock and roll sin que lo que digas caiga en el saco roto de las inhertes palabras de un adolescente agujereado. Si el tiempo funcionara para atrás, aunque solo fuera en su caso, podría llevarla al teatro y dejarla presumir de abrigo de bisón y nieto resultón. Acompañarla en paseos cada vez más largos y dejarla abrazarme cada vez que soplase una vela más.

Pero no funciona así. Es incansable e imperturbable. Pretende ganarme en esta carrera, pero sé lo que pasará si el gana. Que yo la perderé a ella. Y eso no puede ser, nunca llegarás antes que yo. Ni tú ni nadie.

Por ella.

27 de marzo de 2011

Las cosas de batracio van despacio

Volver. Volver solo puedes hacerlo cuando en algún momento te has ido, y verdaderamente Gregory tenía la mala costumbre de quedarse en todos los sitios a los que sentía haber pertenecido alguna vez. Metafóricamente claro, por mucho que le gustara, la teletransportación no era una de sus habilidades.

El tiempo que lleva sin transmitirme noticias me temo que ha sido tiempo de volver verdaderamente a un sitio que fue su casa. Y que la nostalgia y el recuerdo embriagan completamente a cada paso que le llevaba más y más dentro. Cruzaba un marco de puerta y se daba de bruces con unas sensaciones increíbles. No por emotivas, que también, sino por vivas. Parecían seguir desarrollándose mientras él, espectador de su propia vida, disfrutaba una vez más de algo que creía enterrado. Maravillosa fue la sensación de nunca haber abandonado el hogar de tantas vidas en continuo movimiento. Pertenecer sin saberlo a tantas y tantas decisiones con un simple empujón de más o de menos.

No lloró, porque es incapaz de que broten lágrimas cuando son suyos los problemas, creo que ya lo sabréis. Pero creo que sintió que el corazón sí que le late aunque muchas veces le lata en la dirección equivocada. Malditos latidos, qué exigentes son. Siempre están pensando qué le falta a ese otro pobre corazón para poder acercarse al suyo, y por su aorta que lo termina encontrando.

-Llevas solo desde que te conozco. Nunca te he visto querer a nadie, y no lo entiendo. Ha habido gente verdaderamente valiosa a tu alrededor, ¿o es que no lo ves?- le dije un día de playa.
-Claro que lo veo, pero o pienso que no son para mi, o que no soy para ellas- respondió tumbado sobre su toalla.
-Eso no tiene sentido, siempre he oído eso de que hay que besar muchos sapos...- alegué.
-Primero, yo no quiero un príncipe azul, no me gustan los príncipes ni el azul. Y segundo, no estoy dispuesto a coger y devolver al suelo a todos esos sapos, creo que pueden sentirse ofendidos. ¿O es que nadie piensa en los sapos?- contestó esbozando media sonrisa.
-Siempre dándole la vuelta a la tortilla, pero no me has contestado- dije a sabiendas de que no le sonsacaría nada más.