Ahí estaba otra vez. Si es que alguna vez había salido de allí.
Las cosas habían cambiado si, pero él volvía a sentirse como antes, Gregory volvía a juntar los brazos creyendo abrazar algo, pero lo que imaginaba entre sus brazos no existía. Y puede que no hubiera existido nunca. Era doloroso recordar la estúpida forma en la que había creído que podía cambiar algo inmutable. Porque verdaderamente se había pensado capaz de hacerlo. Qué estúpido has sido Greg, y cómo lo sabes.
Tiene que entenderlo, pese a que las circunstancias eran las mismas, el planteamiento fue completamente distinto.
Pobre chiquitín, pensaba con los sentimientos, y resultó ser que había que pensar con la cabeza. Craso error. Pudo salirle mucho más caro de los disgustos que pagó. Pero al final, era una historia de dos, y uno no quería querer. Pero como siempre, consigue darle la vuelta a todo.
-Ha merecido la pena, y habría merecido aún más la pena haberlo intentado-sentencia si le preguntas.
-Estás loco, sabes perfectamente que estabas abocado al fracaso, y no podías arrastrarla a ella contigo, lo sabes-le dije una vez.
-Claro que lo sé, no te mentiré, sabía que íbamos derechos al abismo y ninguno llevaba paracaídas-dijo con sus ojos fijos en los mios-pero desde ahí arriba la vista era magnífica y la caída no habría sido tan dura... Claro que...-dudó un instante y sus pequeños ojos verdes se iluminaron-no podía permitir que ella se hiciera daño al llegar al suelo.
-Te diré una última cosa-continuó con una mezcla de firmeza y dulzura, solo propia de él-pregunta a quien quieras, pide a una plaza repleta de gente que levanten la mano si no lloran al pensar en los platos que su abuela preparaba como nadie.
Y así, como solía hacer, me dejó sin palabras.
Bienvenido
Elegantemente torpe
Torpemente elegante
Torpemente elegante
31 de enero de 2011
22 de enero de 2011
Tal día como hoy
-¿Recuerdas que dia es hoy?-le preguntó nuestro minúsculo amigo a su joven compañera.
-Sabes que no me gusta celebrarlo, y más en estas fechas-respondió ella-. Sería muy irresponsable por mi parte.
Ella, como siempre, a pesar de la edad de ambos, pensaba siempre con la cabeza. Gregory, para variar, pensaba con todo lo demás.
-Sabes que no me gusta celebrarlo, y más en estas fechas-respondió ella-. Sería muy irresponsable por mi parte.
Ella, como siempre, a pesar de la edad de ambos, pensaba siempre con la cabeza. Gregory, para variar, pensaba con todo lo demás.
-Vamos guapita, no creo que tengas tantas obligaciones como para obviarlo-dijo Greg sin intentar enmascarar el sarcasmo que le caracterizaba.
-Qué fácil es para ti, como nunca tienes nada en que pensar... Sólo te dedicas a jugar, siempre estás jugando, y yo estoy harta de tus juegos. No hay nada que celebrar-respondió con dureza.
Aunque siempre parecía ajeno a todo, este comentario atravesó bruscamente el cuerpo de Gregory. No por el contenido, tantas veces repetido que formaba parte de la rutina de su vida, como si perteneciera a su banda sonora particular. Le dolía oirselo decir a ella, nunca le había disgustado ese aspecto de él. Ella le recompensaba sus esfuerzos con carcajadas siempre que lo merecía, y no habia nada en todo el Universo que hiciera a Gregory más feliz. Nada en todo el ancho vacío, nada en absoluto. Y no oir su risa en su día le enfurecía de sobremanera.
-Pues yo voy a celebrarlo, contigo o sin ti-sentenció, orgulloso de su decisión.
-Eres como un niño, ¿tienes que salirte siempre con la tuya?-contestó ella, sabiendo que una vez más, ella había ganado-¿como vas a celebrar mi propio cumpleaños sin mi?
-Ya me inventaré algo, sabes que soy el Rey de la improvisación-.
-Ese título no existe-rió ella.
-Ahora si, ¿quieres ser mi Reina?-.
Y cambiando el final, dejándole ganar como tantas veces hacía, cogió esa mano que se le ofrecía y, juntos, con sus nuevas coronas, fueron a celebrar que desde un día como hoy hacía un año, ella tiene dieciocho años.
10 de enero de 2011
Lo que no ves
-Qué manos más frías-gritó el pequeño Gregory mientras cruzaba la calle cogido de su menudo acompañante.
-Tú las tienes ardiendo-respondió esa voz familiar que el niño adoraba.
-Es porque las llevo en el bosillo, deberías probarlo-se burló.
-Ya sabes que no puedo, este bastón no se sujeta solo y tú seguro que te escaparías en cada semáforo-contestó el anciano, pero su único espectador jugaba ya entre los columpios.
Cuando Gregory entraba en el parque, parecía ajeno a todo. Cada niño y cada niña se convertían en objeto para sus juegos, voluntaria e involuntariamente. Tenía desde pequeño una innata facilidad para que los demás intentaran imitarle y le siguieran, por muy alto que fuera el árbol al que le apeteciera encaramarse. Parecía en una burbuja. Parecía. Porque había algo que no lograba quitarse de la cabeza, aunque verdaderamente no quisiera hacerlo. Y era nada más y nada menos que su acompañante de manos gélidas. Aquel hombrecillo sentado en un banco que seguía fijamente con la mirada cada uno de sus movimientos, y saltaba con la agilidad que los años aún no le habían robado, cada vez que su protegido amagaba con caerse o chocarse.
Ése, que le llevaba al parque sin falta cada día que compartían, o le hacia reír en casa si el tiempo del norte les jugaba una mala pasada. Ése que el pequeño Gregory contaba fuera eterno, pero que un día sus manos dejaron de agarrar. Ése al que aún echa de menos.
Su abuelo.
Su abuelo.
5 de enero de 2011
Lady
+Tranquila cariño, yo puedo ofrecerte el mundo, en pequeñas porciones, en granitos de arena, en hojitas de arce y hasta en montañas enteras.
-¿Por qué eres asi conmigo? Quiero decir, ¿por qué yo?
+No lo se, un dia un tren pasó por delante de mi en el momento oportuno, yo me subí por la puerta acertada y me senté en el lugar perfecto.
-¿Oportuno? ¿Acertada? ¿Perfecto? ¿Para qué?
+Para llegar a conocerte, eché un vistazo por los asientos del vagón y al parar en el 23M, una sensación repentina y conocida, pero ya olvidada me abofeteó. Era la primera vez que te veia, recogida esa melena en un perfecto moño sobre tu cabeza, un mechón de pelo cayendo perfecto sobre tu frente cómo si realmente lo hubieras colocado a propósito. Ojos grandes y vivos, viajando lejos, mucho más lejos de lo que jamás pudiera imaginar y fijos en esa novela que pasaría a ser una burda copia de nuestra historia. Una boca que dibujaba a ratos la sonrisa que envidiaría la mismísima Mona Lisa. Manos finas y siempre, siempre frías con un esmalte de uñas azul, tan eléctrico que casi saltaban chispas. No reparaste en mi, pero yo desde ese dia solo quise conocerte.
-Pero...yo no te conocí hasta...
+Sí... hasta que por fin lo conseguí.
-¿Por qué eres asi conmigo? Quiero decir, ¿por qué yo?
+No lo se, un dia un tren pasó por delante de mi en el momento oportuno, yo me subí por la puerta acertada y me senté en el lugar perfecto.
-¿Oportuno? ¿Acertada? ¿Perfecto? ¿Para qué?
+Para llegar a conocerte, eché un vistazo por los asientos del vagón y al parar en el 23M, una sensación repentina y conocida, pero ya olvidada me abofeteó. Era la primera vez que te veia, recogida esa melena en un perfecto moño sobre tu cabeza, un mechón de pelo cayendo perfecto sobre tu frente cómo si realmente lo hubieras colocado a propósito. Ojos grandes y vivos, viajando lejos, mucho más lejos de lo que jamás pudiera imaginar y fijos en esa novela que pasaría a ser una burda copia de nuestra historia. Una boca que dibujaba a ratos la sonrisa que envidiaría la mismísima Mona Lisa. Manos finas y siempre, siempre frías con un esmalte de uñas azul, tan eléctrico que casi saltaban chispas. No reparaste en mi, pero yo desde ese dia solo quise conocerte.
-Pero...yo no te conocí hasta...
+Sí... hasta que por fin lo conseguí.
4 de enero de 2011
Acabaremos por el principio
Primero, (y como no puede ser de otra forma), para empezar, no os diré quién soy. No, no habrá presentación más allá de todo lo que de mi se pueda deducir por cada uno de los pedacitos que os iré dejando a mi paso.
Consideradme un nombre sin más, de esos que podéis leer en una lista de vuestra facultad, pero de otro curso, o en un anuncio de la prensa, pero de otra época. Un cúmulo de letras que se supone deben representarme, pero que para vosotros solo serán eso, letras.
Pues bien, una vez establecida esta reciprocidad, por la que yo no os exijo (ni mucho menos) saber quienes sois, os hago entrega de una gran parte de mí. Mi mente. Porque todo esto que escribo no es más que eso, grandes o pequeños pedacitos de mi ente, de mi ser.
Podría decirse que he sido desafortunado en el amor, pero más bonito es decir simplemente, que no he tenido fortuna absoluta. Porque claro, quién se atreve a decirse desafortunado por el simple hecho de haber amado. Porque no haya sido el amor que se esperaba, que no haya durado el tiempo imaginado. Cuando te arriesgas queriendo querer a alguien, dejándote seducir por la atractiva sensualidad del caer enamorado. Cuando, sin saber cuando, te das cuenta de que ya has caído en esas cálidas y cómodas redes que te envuelven por completo, como si cada uno de los cabellos de su preciosa melena se confabularan contra ti, arropándote. Porque quién no se ha enamorado sin saberlo. Quién no es consciente del enorme riesgo que ello conlleva porque, parafraseando a Neruda, “es tan corto el amor, y tan largo el olvido”.
De mis amores solo puedo decir, que quise a casi todos, y todos casi me quisieron a mí. Y ahora, en compañía de mi soledad, viendo dos manos entrelazadas, dos cuerpos obviando el espacio vital del otro, fundiéndose en abrazos y besos de pasiones desatadas, cuando sólo te imaginas a una persona con la que desearías hacer lo mismo. Ahí. Te acuerdas de cuando tú eras él y tus recuerdos son ella. Y recuerdo lo mucho que me gustaba, ella entera y todos sus pedacitos. Verla sonreír, y enjugar sus lágrimas sin casi mediar palabra, sólo estando allí, con ella. Escuchar su voz horas, y mirarla atendiendo mis problemas. No ME GUSTA CUANDO CALLAS, si no todo lo que ello representa. El vacío de poder que trae consigo tu silencio, el brillo de esos ojos a cada historia que te cuento.
El último amor es muy reciente, y aún candente. Dejad ahora que me calle, y disfrutad de mi silencio.
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