Volver. Volver solo puedes hacerlo cuando en algún momento te has ido, y verdaderamente Gregory tenía la mala costumbre de quedarse en todos los sitios a los que sentía haber pertenecido alguna vez. Metafóricamente claro, por mucho que le gustara, la teletransportación no era una de sus habilidades.
El tiempo que lleva sin transmitirme noticias me temo que ha sido tiempo de volver verdaderamente a un sitio que fue su casa. Y que la nostalgia y el recuerdo embriagan completamente a cada paso que le llevaba más y más dentro. Cruzaba un marco de puerta y se daba de bruces con unas sensaciones increíbles. No por emotivas, que también, sino por vivas. Parecían seguir desarrollándose mientras él, espectador de su propia vida, disfrutaba una vez más de algo que creía enterrado. Maravillosa fue la sensación de nunca haber abandonado el hogar de tantas vidas en continuo movimiento. Pertenecer sin saberlo a tantas y tantas decisiones con un simple empujón de más o de menos.
No lloró, porque es incapaz de que broten lágrimas cuando son suyos los problemas, creo que ya lo sabréis. Pero creo que sintió que el corazón sí que le late aunque muchas veces le lata en la dirección equivocada. Malditos latidos, qué exigentes son. Siempre están pensando qué le falta a ese otro pobre corazón para poder acercarse al suyo, y por su aorta que lo termina encontrando.
-Llevas solo desde que te conozco. Nunca te he visto querer a nadie, y no lo entiendo. Ha habido gente verdaderamente valiosa a tu alrededor, ¿o es que no lo ves?- le dije un día de playa.
-Claro que lo veo, pero o pienso que no son para mi, o que no soy para ellas- respondió tumbado sobre su toalla.
-Eso no tiene sentido, siempre he oído eso de que hay que besar muchos sapos...- alegué.
-Primero, yo no quiero un príncipe azul, no me gustan los príncipes ni el azul. Y segundo, no estoy dispuesto a coger y devolver al suelo a todos esos sapos, creo que pueden sentirse ofendidos. ¿O es que nadie piensa en los sapos?- contestó esbozando media sonrisa.
-Siempre dándole la vuelta a la tortilla, pero no me has contestado- dije a sabiendas de que no le sonsacaría nada más.
Bienvenido
Elegantemente torpe
Torpemente elegante
Torpemente elegante
27 de marzo de 2011
2 de marzo de 2011
En la vida conocí
Le costaba horrores contar sus problemas, preocupaciones, ambiciones, penas y alegrías. Era la persona más locuaz y elocuente que conocía, pero solo cuando no hablaba de si mismo. Ahí una sombra se cernía sobre su garganta y rápidamente desviaba la conversación. Realmente nunca entendí porque lo hacía, y creo que él tampoco. Le resultaba mucho más fácil hablar de si mismo como si de otra persona se tratara, por eso al verse reflejado en situaciones ajenas, se disparaba esa lengua y ese cerebro, que era su pistola, apretaba el gatillo.
Como todo el mundo tenía sus problemas claro, pero creía que si no los exteriorizaba, los demás no se darían cuenta. Y creo que realmente lo lograba a veces. Su vida resultaba un misterio incluso para sus amigos, y eso que esa faceta suya le dolía de sobremanera cuando se daba cuenta del daño que hacía a sus amigos cuando no confiaba en ellos. Pero no era eso. Claro que confiaba en sus seres queridos, por supuesto. Simplemente no era capaz de hablar de ello. Le desconcertaba, pero un nudo en el estómago y un fuerte pinchazo detrás de la cabeza le hacían obviar los sentimientos de los oyentes y cambiaba bruscamente de tema. Perdió gente por esa mala costumbre, pero creo que no se arrepiente de ello, al menos por el lastre perdido.
Pero él no querrá contárselo.
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