Hace tiempo que recibo una visita rutinaria de forma inesperada. Todos los días a la misma hora. Sin avisar que volverá al día siguiente se va como ha venido, por donde ha venido, para lo que ha venido.
Se presenta de la mano con su pareja, inseparable, cada día con un vestido nuevo, maquillada de ilusión, con polvos de arrogancia y contorno de descaro. Aún así, todas las veces le abro la puerta, casi consciente de que si no lo hago, un día se cansará y la echará abajo. Se siente como en casa, sabedora de que un día fue suya, y actúa con desmedida parsimonia. Llega, se sienta y sin pensárselo dos veces me abofetea, a turnos con su simbionte con unas palabras que siempre suenan familiares, pero recordadas casi por otro. Una tras otra, siento como van calando hondo, como van entrando como una pequeña familia de hormigas hasta llegar, con ese ritmo de llovizna que siempre me ha puesto nervioso, constante y demoledor, como elefantes en el Serengeti.
Cuando por fin han llegado a su destino, oigo como un pequeño chirrío, algo casi imperceptible, lejano, arcaico. Se va haciendo más intenso, ligeramente más próximo, empiezo a distinguir los sonidos y noto como si se acercara. Cada vez más. Y más. Cuando me quiero dar cuenta, zumba repentino en mi oído, y me parece atronador, tanto que tengo que cubrirme las orejas con las manos, a sabiendas que el sonido no venía de fuera. Es ensordecedor, por Dios, joder para ya!
Y se detiene. Se levanta y se va, la pareja de siempre, con su actitud de siempre, sin siquiera sonreir, pues no disfrutan haciendo eso. Se reverencian ante mi en la salida, y por fin, se van. Y yo pienso que nunca más volveré a verlos, deseo que por favor no vuelva a verlos. Y al día siguiente pican otra vez, escruto la mirilla temeroso, y ahí están otra vez.
Nostalgia y Melancolía