Bienvenido

Elegantemente torpe
Torpemente elegante

4 de enero de 2011

Acabaremos por el principio

Primero, (y como no puede ser de otra forma), para empezar, no os diré quién soy. No, no habrá presentación más allá de todo lo que de mi se pueda deducir por cada uno de los pedacitos que os iré dejando a mi paso.
Consideradme un nombre sin más, de esos que podéis leer en una lista de vuestra facultad, pero de otro curso, o en un anuncio de la prensa, pero de otra época. Un cúmulo de letras que se supone deben representarme, pero que para vosotros solo serán eso, letras.

Pues bien, una vez establecida esta reciprocidad, por la que yo no os exijo (ni mucho menos) saber quienes sois, os hago entrega de una gran parte de mí. Mi mente. Porque todo esto que escribo no es más que eso, grandes o pequeños pedacitos de mi ente, de mi ser.

Podría decirse que he sido desafortunado en el amor, pero más bonito es decir simplemente, que no he tenido fortuna absoluta. Porque claro, quién se atreve a decirse desafortunado por el simple hecho de haber amado. Porque no haya sido el amor que se esperaba, que no haya durado el tiempo imaginado. Cuando te arriesgas queriendo querer a alguien, dejándote seducir por la atractiva sensualidad del caer enamorado. Cuando, sin saber cuando, te das cuenta de que ya has caído en esas cálidas y cómodas redes que te envuelven por completo, como si cada uno de los cabellos de su preciosa melena se confabularan contra ti, arropándote. Porque quién no se ha enamorado sin saberlo. Quién no es consciente del enorme riesgo que ello conlleva porque, parafraseando a Neruda, “es tan corto el amor, y tan largo el olvido”.

De mis amores solo puedo decir, que quise a casi todos, y todos casi me quisieron a mí. Y ahora, en compañía de mi soledad, viendo dos manos entrelazadas, dos cuerpos obviando el espacio vital del otro, fundiéndose en abrazos y besos de pasiones desatadas, cuando sólo te imaginas a una persona con la que desearías hacer lo mismo. Ahí. Te acuerdas de cuando tú eras él y tus recuerdos son ella. Y recuerdo lo mucho que me gustaba, ella entera y todos sus pedacitos. Verla sonreír, y enjugar sus lágrimas sin casi mediar palabra, sólo estando allí, con ella. Escuchar su voz horas, y mirarla atendiendo mis problemas. No ME GUSTA CUANDO CALLAS, si no todo lo que ello representa. El vacío de poder que trae consigo tu silencio, el brillo de esos ojos a cada historia que te cuento.

El último amor es muy reciente, y aún candente. Dejad ahora que me calle, y disfrutad de mi silencio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario