Y ya era verano... Aunque no lo parecía. Las nubes poblaban el cielo, habían robado al Sol su trono y le tenían amordazado en el sótano del universo, sin que nadie pudiera hacer nada para liberarlo. Y claro, cuando el cielo está cubierto, los pensamientos afloran y dan sus frutos, si bien aún no están del todo maduros.
Hablando con la soledad, me ha contado que está harta de compartir habitación conmigo. Dejo todo lleno de recuerdos muy vivos, y dice que así ella no puede trabajar tranquila. Prefiere irse a un lugar más apartado. Viene a visitarme cada mañana, pero no me habla, solo me mira desde su indiferencia e incredulidad. No puede creerse que aún tenga fuerzas para planear, cuando ella sabe que no tengo con quien aterrizar.
Porque claro, a sí misma no se cuenta. Si la soledad fuera una, nadie estaría solo, y eso en sí deja de ser desolador. Así que tiene razón, pero a mi no me importa. El cielo nublado me ayuda a pensar, y a ella la recluyo en el exilio de mi compañía.
La última vez que pensé en abandonarla, se puso tan furiosa, que convenció a su primo el destino para que dictara sentencia. Condenado a la distancia. Medidas cautelares, creo que fueron las palabras. El caso es que echo de menos, echar de menos. Añoro la nostalgia de extrañar a alguien, la melancolía de haber dado un paso hacia el frente, cuando lo di hacia el costado.
Así que haré un pacto con el Sol. Yo me encargo de devolverle su preciado trono en la cúpula celeste, y el a cambio me iluminara el camino hacia donde ahora vive la soledad. Y así, cuando el Sol se vaya a descansar, podré apuñalar el corazón podre y ponzoñoso de la pobre y ausente soledad.
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