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Elegantemente torpe
Torpemente elegante

2 de marzo de 2011

En la vida conocí

Le costaba horrores contar sus problemas, preocupaciones, ambiciones, penas y alegrías. Era la persona más locuaz y elocuente que conocía, pero solo cuando no hablaba de si mismo. Ahí una sombra se cernía sobre su garganta y rápidamente desviaba la conversación. Realmente nunca entendí porque lo hacía, y creo que él tampoco. Le resultaba mucho más fácil hablar de si mismo como si de otra persona se tratara, por eso al verse reflejado en situaciones ajenas, se disparaba esa lengua y ese cerebro, que era su pistola, apretaba el gatillo.

Como todo el mundo tenía sus problemas claro, pero creía que si no los exteriorizaba, los demás no se darían cuenta. Y creo que realmente lo lograba a veces. Su vida resultaba un misterio incluso para sus amigos, y eso que esa faceta suya le dolía de sobremanera cuando se daba cuenta del daño que hacía a sus amigos cuando no confiaba en ellos. Pero no era eso. Claro que confiaba en sus seres queridos, por supuesto. Simplemente no era capaz de hablar de ello. Le desconcertaba, pero un nudo en el estómago y un fuerte pinchazo detrás de la cabeza le hacían obviar los sentimientos de los oyentes y cambiaba bruscamente de tema. Perdió gente por esa mala costumbre, pero creo que no se arrepiente de ello, al menos por el lastre perdido.

Y ahora... ahora se dedica a escuchar y, si se lo piden con insistencia y sabe lo que decir, aconseja. Pero claro, nadie sabe de donde saca los consejos. Normalmente se obtienen de la experiencia, y quizá él la tenga. Nunca lo sabré... Ni yo ni nadie. Así se ha hecho Gregory, a base de comerse sus líos de cabeza, sus dudas y sus soluciones. Quién consiga la clave del código genético, tal vez descubra su problema...

Pero él no querrá contárselo.



1 comentario:

  1. Wow! es genial, y me siento un poco identificada xD me encanta lo que escribes.

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